Lee una píldora del libro ¡SÍ, PUEDES!

No dejes que coarten tu creatividad

«Nacemos desnudos, hambrientos, sedientos, húmedos y doloridos. Después todo empeora». Dicho popular.

Una de las cosas que empeora a medida que nos vamos haciendo mayores, conforme vamos superando etapas de nuestra vida, es nuestra capacidad creativa.

La creatividad es un valor en alza, un rasgo distintivo entre individuos que cada vez, de forma irremediable, como si de una epidemia se tratara, se parecen más entre sí mismos. Podríamos definirla como el proceso a través del cual se produce algo nuevo, algo así como una herramienta mental que permite resolver nuestros problemas de una manera distinta, por medio de una mezcla de imaginación y de conocimiento.

Existe la creencia generalizada de que la creatividad es algo dado, de que existen personas creativas y otras que no lo son. Eso no es cierto en modo alguno. Si bien es verdad que todos tenemos un diferente grado de capacidad creativa, no lo es menos que, en las personas que consideran no tenerla, ésta permanece oculta, y pueden estimularla para que aflore.

Si preguntamos a varias personas dónde o cuándo tienen sus mejores ideas, comprobarás que un número significativo de ellas coincide en su respuesta: ¡en la ducha! Es lógico, ya que la creatividad es un proceso que requiere un nuevo plano, un aislamiento del mundo exterior que te permita estar a solas y relajado. Debido al frenético ritmo de vida occidental, en muchas ocasiones el único momento en el que eso sucede cada día es mientras nos damos una ducha.

La relajación es una de las grandes claves del proceso creativo. Por ejemplo, cuando no encontraba respuestas, un gran genio como Albert Einstein dejaba de trabajar y relajaba de forma activa su cuerpo y su mente. En el caso de Einstein cuentan que era frecuente verle en la cocina de su casa tocando el violín hasta que, de pronto, gritaba exultante y anotaba en una hoja de papel la resolución de los problemas que le mantenían bloqueado. Un caso similar es el de Churchill, que en esas situaciones optaba por la pintura para adquirir una nueva perspectiva. Esto tiene una base científica. Al relajarnos por medio de un ejercicio creativo activamos el hemisferio derecho del cerebro, y con ello empezamos a procesar los problemas de una manera distinta, más emocional y creativa, lejos de la forma analítica del hemisferio izquierdo. Con ello, en esos momentos de relajación obtenemos una nueva perspectiva.

En ambos casos estamos hablando de una relajación activa, y esto es sumamente trascendente. La relajación pasiva no aporta absolutamente nada al proceso creativo. Tirarse en el sofá a ver la televisión no va a resolver problemas ni a hacer aflorar posibles soluciones para los mismos. De hecho, una de las cosas que te puedo recomendar para mejorar la creatividad es apagar ―¡al menos durante un rato!― la televisión. La relajación y la diversión pasiva que proporciona la televisión no enriquecen en absoluto tu mente ni aporta soluciones y nuevos puntos de vista que resulten enriquecedores. Tienes que tomar el control. Convierte tu vida en un Reality Show de televisión, si eso es lo que quieres, pero deja de ver el de los otros, aunque solo sea porque a ellos les pagan por ello, y a ti no. Se me ocurren mil y una maneras de buscar estímulos que resulten activos e interactivos: internet, un libro ―éste que tienes en tus manos, modestamente, es uno extraordinario―, el e–mail, las redes sociales, pueden ser otros divertimentos que te relajen manteniendo tu cabeza en funcionamiento. Tener la costumbre de tumbarte a ver la televisión a una hora determinada como parte de tu rutina diaria, echen lo que echen, anestesiará tu alma y mermará tu creatividad, y además se tratará de un descanso ficticio.

Siempre me gustó lo que decía Groucho Marx. Presiento que él estaría de acuerdo conmigo en este caso, ya que él afirmaba que «no hay nada más educativo que la televisión. Cuando alguien la enciende, me voy a otra habitación y abro un libro».

Otra de las claves para ser una persona creativa radica en la búsqueda de retos. Y hoy en día eso no es sencillo. En ocasiones la vida nos echa un pulso y pone un reto delante de nosotros. En ese caso generalmente no tenemos más remedio que afrontarlo. Pero, ¿qué ocurre cuando esto no sucede? Si uno no tiene retos, ¡debe buscarlos y afrontarlos! No hay mejor ejercicio que ponerse retos y el objetivo de conquistar pequeñas metas en nuestra vida cotidiana.

El reto es un estímulo, una oportunidad para ser resolutivo, eficaz y creativo. Vivimos en un mundo en el que todo está diseñado para garantizar y mejorar nuestro confort, para que estemos más relajados evitando retos y problemas. Eso puede estar bien en determinados momentos, pero sin olvidar que los retos diarios son el principal acicate que nos hace agudizar el ingenio y ser capaces de dar respuesta a las adversidades. Sin retos no hay respuestas. Sin respuestas no hay soluciones. Y sin soluciones no hay creatividad.

¡Eso no quiere decir que sea estimulante renunciar a las comodidades! Simplemente significa que tenemos que aprender a vivir con ellas, pero también a poder vivir sin depender de ellas.

Me viene a la memoria mi primer coche, hará más de 20 años. Se trataba de un Volkswagen Polo de la época, de color blanco. Lo recuerdo bien porque, debido a una mal entendida nostalgia, me he empeñado en conservarlo como si de una pieza de museo se tratara hasta hace bien poco, pese a que la evidencia había dejado meridianamente claro que ya no servía ni de decoración. El caso es que recuerdo algo que me dijo mi padre cuando, al comprarlo, le hice notar que, como muchos coches de aquella época, no tenía aire acondicionado ni dirección asistida.

―Así luego sabrás apreciar esas cosas cuando por fin las tengas.

Pues bien, creo no hay que llegar a tanto, ni sufrir evitándonos ciertas comodidades que se nos ofrecen para nuestro disfrute. Debemos vivir con ellas sin vivir para ellas, ni depender de ellas para estar plenamente satisfechos.

Todos tenemos una «zona de confort» y necesitamos pasar por ella cíclicamente. Hay personas que lo hacen para reactivarse y descansar, para reflexionar y tomar impulso. Hay otras que deciden vivir en ellas. Estas últimas son más pasivas y las menos emprendedoras. Si tienes una mente inquieta el descanso debe ser una necesidad, no un objetivo.

Al comienzo de este capítulo comentaba ―e igual te ha sorprendido― que la creatividad es, junto a la salud, una de esas pocas cosas que empeora con el tiempo. Hasta los 4 años somos extremadamente curiosos. Todo debe tener un porqué, y la necesidad de conocimiento es en ese momento acuciante. A partir de los 7 años se produce un cambio. Ya no preguntamos tanto el porqué de las cosas. Años más tarde, cuando somos adolescentes, poco queda de aquella curiosidad innata con la que habíamos crecido hasta entonces.

Uno de los causantes de esa merma en nuestra curiosidad ―el signo distintivo de la creatividad― es el sistema educativo, que nos va minando, lenta pero irreversiblemente, nuestra vis creativa. No se nos educa para ser músicos, ni pintores, ni bailarines. Las actividades creativas se consideran en un segundo plano y se premian otras virtudes que se valoran como «socialmente útiles». Cuando terminamos una carrera universitaria ya hemos sido abducidos y pensamos que no somos nada creativos y que, además, serlo no aportaría gran cosa a nuestras vidas porque tenemos que dedicarnos a realizar tareas realmente útiles y provechosas. Nos hemos convertido en adultos, seres que han perdido la creatividad propia de la infancia. Como si de un mecanismo de defensa se tratara, en esas edades ya visualizamos el peor escenario en cada momento y no dejamos un espacio abierto a los sueños ni a la imaginación. Nos han educado para perder la creatividad, en ningún caso para estimularla.

Hace poco tiempo llevé a mi hija de 7 años al Museo Nacional de Arte Reina Sofía en Madrid ―MNACRS―. Echando la vista atrás, recuerdo que una de las mayores aberraciones que cometieron mis profesores en mis años de colegio fue cuando, siendo muy pequeños, nos «depositaron» ―literalmente― en el Museo del Prado para pasar allí una larga mañana. A tan corta edad aquello era tan difícil de entender, y un coñazo tal, que no me extraña que la gran mayoría de mis compañeros desarrollara cierta animadversión por el arte. Por eso mismo decidí que Candela pasara un breve tiempo en el MNACRS aquella mañana. «No más de una hora», me propuse. Mi objetivo no era aprovechar la visita sino que se quedara con ganas, que ella misma quisiera volver.

A mi hija le encanta pintar. Tal vez sea amor de padre, pero considero que, a su corta edad, tiene una especial destreza para hacerlo. (Aunque mi editor no me dejará hacerlo, ese «amor de padre» me podría llevar a incluir, en este capítulo, algunas de sus creaciones pictóricas). Paseamos por varias salas en busca del Guernica de Picasso, del cual le había hablado. El caso es que, curiosamente, la obra de Picasso apenas le suscitó interés, mientras que a mí me maravilla cuando la veo. A ella, desde sus siete años de edad, le pareció intrascendente. Sin embargo, algunas obras menores de carácter más realista fueron las que más le impactaron. ¿Qué ocurrió? Sencillamente que Picasso es un genio creativo, y los niños también lo son. A los adultos esas caras, esas figuras cuasi geométricas típicamente picassianas, nos llaman poderosamente la atención. Constituyen una especial visión del mundo. Son pura creatividad. Por su parte, a los niños no les parece algo extraordinario, lo consideran casi habitual, ya que en esas edades rebosan de espíritu creativo. Ni que decir tiene que al pasar por algunas obras de Miró tuve que dar todo tipo de explicaciones, porque mi hija consideraba todo aquello casi una broma, un insulto a su joven, pero digna, inteligencia ―«Papá, ¡pero si esto lo puedo hacer yo!», me decía una y otra vez―, mientras que los ejercicios de técnica pictórica de calidad, sin más valor artístico detrás, le parecieron increíbles y estimulantes ―«¡qué bien pinta este señor, papá!»―.

Sir Ken Robinson es un célebre autor inglés afincado en Estados Unidos experto en creatividad y educación. Tuve la ocasión de escucharle en una conferencia hace ya casi diez años, en la que explicaba que los sistemas educativos actuales se siguen basando en el obsoleto modelo educativo del siglo XIX. En ellos se prioriza la práctica y todos los contenidos tienen como único fin prepararnos para la Universidad y cortarnos a todos por el mismo patrón. No se trata de prepararnos para la vida, más bien parece que el objetivo fuera convertirnos a todos en profesores universitarios o políticos. Ésta es una curiosa paradoja, ya que para votar hay que pasar por un colegio (electoral), y para ser un político electo en ocasiones no es necesario siquiera pasar por un colegio. Así nos va. Sea como fuere, una de las historias que utilizaba Robinson para respaldar su argumentación me resultó gratamente edificante. Hoy la recuerdo como si la hubiera escuchado ayer.

Con apenas 8 años Gillian Lynne era una niña británica inquieta. Lo era hasta tal punto que, en los años 30, sus profesores decidieron hablar con sus padres, ya que la actitud y el comportamiento de aquella cría eran un desastre.

―Creemos que la pequeña Gillian tiene un problema de aprendizaje ―le dijeron a su madre.

Les explicaron que la niña no paraba de moverse, que no se enteraba de gran cosa y que no dejaba a sus compañeros atender en clase. Si esto ocurriera en la actualidad, muy posiblemente le hubieran diagnosticado un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad ―TDAH―.

Aún con el susto metido en el cuerpo, la madre de Gillian la llevó inmediatamente a ver a un especialista. Allí la sentaron en una silla y el especialista estuvo haciendo preguntas durante cerca de media hora. Indagó todos los problemas que la niña pudiera estar teniendo en la escuela, por qué no hacía los deberes y qué podía causar que no prestara atención en clase. En un momento dado indicó que quería hablar con la madre en privado.

―Gillian, necesito hablar un momento con tu madre. Espéranos aquí sentada unos minutos, por favor.

El médico y la madre, que seguía sumamente angustiada, se levantaron y se dispusieron a salir de la habitación. Justo antes de hacerlo el especialista encendió la radio que tenía sobre su escritorio, dejando a la pequeña acompañada por la música.

Al salir, la madre estaba cada vez más inquieta. El médico la tranquilizó.

―Relájese. Simplemente quédese quieta, y observe ―le pidió.

Por la ventana veían cómo la pequeña empezaba a moverse al ritmo de la música. La observaron durante unos minutos. Poco después el especialista rompió el silencio.

―Sra. Lynne, su pequeña no tiene ningún trastorno. No está enferma. Simplemente es una bailarina. ¡Llévela a una escuela de danza!

Y así lo hizo. Gillian Lynne lo recuerda como una época maravillosa de su vida.

―Entré en esa habitación y estaba llena de gente como yo. No podíamos estar quietos. Todos necesitábamos movernos para pensar, para expresarnos. Practicábamos todo tipo de bailes, y finalmente, años después, llegué a tener una audición para el Royal Ballet.

Pasaron los años y aquella inquieta pequeña se convirtió en una magnífica bailarina y coreógrafa. Se graduó, formó su propia empresa y actualmente es la responsable de algunas de las coreografías de musicales más maravillosas de la historia ―Cats, o El Fantasma de la Opera―. Con ellas ha entusiasmado a millones de personas y se ha convertido, literalmente, en una mujer multimillonaria.

Si del sistema educativo hubiera dependido, a la pequeña Lynne la hubieran medicado y obligado a tranquilizarse. Ése es el efecto que hoy tiene la educación sobre nosotros: no permite que podamos ser y expresarnos en todo nuestro esplendor, lo que limita, de facto, nuestra capacidad para convertirnos en individuos plenos.

Resumen en un tuit:

Los momentos en que me siento más creativo son cuando ni yo mismo sé lo que estoy haciendo. #SiPuedes


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